Una vez más (one more time) tengo
que empezar por pedirles disculpas por un silencio de casi un mes. La cosa está
justificada por una circunstancia que enseguida les preciso, que me ha
dejado sin margen para escribir, porque, sumada al inglés, el yoga, el running
y lo demás, ha ocupado todo mi tiempo libre en este Mes del Señor, de febrero
de 2016. La circunstancia es que el día 19 cumplí 75 años y, ante cifra tan
redonda, se me ocurrió organizar una celebración, que más abajo les cuento y cuya
logística acaparó toda mi energía mental sobrante. Más abajo les cuento los
detalles de esta aventura, que me ha llevado a un lapsus de silencio mayor del
habitual, por el que les pido encarecidamente disculpas. Una vez más. La cosa
de ponerlo en inglés, no es sólo por mi proverbial esnobismo, que también, sino
porque últimamente uso la melodía de la canción de ese nombre, para mis salidas
a correr por el Retiro. Es un tema sensacional, que firmó el gran músico
británico Joe Jackson, nada menos que en 1978 y que es perfecta para correr a
una buena velocidad. Escúchenla, porfa.
Bueno, tras este chute de energía
musiquera, pasemos a lo cotidiano, un pequeño repaso de algunas de las cosas
más destacadas que han sucedido en este mes. Empezando por el intermedio de la
Superbowl en América, en donde la actuación del portorriqueño Bad Bunny dejó a
todo el mundo boquiabierto. Y saben que Donald Trump había contraprogramado con
una actuación retransmitida por otra cadena, con un show patriótico de alguien afín. Pero a
la hora de la verdad le pudo la curiosidad y vio completo por la tele el show de Bad
Bunny. E inmediatamente lo comentó en su red social, de la manera compulsiva
habitual, con estas palabras: Esta
actuación ha sido TERRIBLE, nadie entiende lo que dice ese tío.
A este respecto, tengo que
confesarles que yo tampoco entiendo nada de la dicción de este señor, a quien
tengo un cierto respeto como músico, aunque el reguetón no es lo mío. Hace años
que mi hijo Kike me está hablando en los mejores términos de Bad Bunny, pero,
qué quieren que les diga, yo prefiero a los Beatles y a los Stones (y a Joe Jackson). De este
hombre sólo me gusta media canción, esa que dice: Pol la mañana café, pol la talde ron. El arranque, cuando entona
ese estribillo, es buenísmo; luego el tema se va por otros vericuetos que ya me
gustan menos, aunque reconozco que no están mal tampoco. Escúchenlo hasta donde
quieran y córtenlo entonces, porque a medio tema se pone un poco cansino.
Pero lo cierto es que a mí, como
a Donald Trump, me cuesta entender lo que canta este señor, de quien admito que
sus letras constituyen un valor añadido, puesto que han suprimido el viejo imaginario machista del
reguetón original. Pero sentado esto, me asalta una gran preocupación: ¿es
posible que yo llegue a coincidir con Trump en algo? Sería algo TERRIBLE para
el blog y permítanme que use las mayúsculas a la manera trumpista. Por cierto,
Trump se cree que poniendo mayúsculas se enfatiza el valor de una palabra,
cuando no es así. Para enfatizar un término, se utilizan universalmente la
cursiva o el ponerlo entre comillas. Las mayúsculas significan que esa palabra
se grita, se vocifera, se proclama a voces. A lo mejor es eso precisamente lo
que pretende este maleducado proverbial, pero me temo que la sobredosis de
mayúsculas en sus tuits se debe más a la ignorancia de su valor semántico. Pero,
como les digo, yo estaba preocupado por coincidir en algo con Trump, así que he
recurrido a las fuentes. Es decir, al gran José Mota. En uno de sus sketchs
navideños (de hace dos años), este estupendo cómico pone en contexto el problema de
por qué los boomers no entendemos a Bad Bunny. Véanlo, es desternillante.
La deriva de Donald Trump es muy peligrosa, como les llevo pronosticando desde hace mucho y confirmando día a día. Yo confío en que los americanos salven las Mid Term Elections, que desde ya está tratando de torpedear, prostituir o directamente anular. Nos jugamos mucho todos en esas elecciones para las que quedan poco más de ocho meses. Lo que me gustaría resaltar es que mi opinión respecto a este impresentable no es en absoluto única y aislada; todo el mundo está horrorizado con la deriva de semejante personaje. Ya les he contado que, tanto en Canadá, como en Australia, los partidos socialdemócratas han ganado las últimas elecciones presidenciales, para las que partían en amplia desventaja según los sondeos. Algo parecido ha sucedido en Portugal y otros lugares, y la propia opinión pública norteamericana registra unos ínfimos valores de popularidad sin precedentes en otros presidentes anteriores. Tal vez la irrupción de Trump pueda servir al mundo como una especie de vacuna contra el fascismo. Supongo que saben también que durante la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno en Milán-Cortina d'Ampezzo, el desfile de la delegación norteamericana fue acogido con un abucheo sonoro y unánime de todos los presentes. Vean también el chiste de un humorista británico.
A mí cada vez me resulta más incomprensible que un pueblo como el americano haya elegido presidente a un patán, iletrado, colérico, compulsivo, maleducado, histriónico, ególatra, vengativo, abusón, machista, putero, corrupto, incapaz para la empatía… se me acaban los adjetivos; creo que este señor sería acreedor de todos los epítetos reseñados en el Gran Libro de los Insultos, de Pancracio Celdrán, del que ya les he hablado muchas veces. Lo más reciente de este energúmeno es el discurso de casi dos horas sobre el Estado de la Unión. Les voy a pedir que escuchen la respuesta inmediata de Bernie Sanders. Les pongo la versión original en el delicioso inglés de Sanders y una traducción automática al español de Sudamérica, directamente perpetrada con Inteligencia Artificial, para que elijan la que mejor les vaya.
Vaya, les estoy poniendo muchos
deberes visuales en este post, pero no se quejen, que podría ser peor. Después
de un mes de silencio, hay muchos temas sobre la mesa por los que poner verde a
Donald Trump y, por supuesto, también a Feijoo, que es el otro deporte habitual
de este blog. No quiero ser pesado, pero a mí me intranquiliza mucho la posibilidad
de que este tipo llegue a ser presidente en España, y encima con Abascal de
vicepresidente. A mí me parece que no está capacitado, es un vago (en la línea
de Rajoy, sólo que este tenía más gracia) y es un sieso, adjetivo que creo que
le cuadra como anillo al dedo, según define el término el Libro de los Insultos arriba citado, es
decir, desagradable, antipático y desabrido (en Andalucía, suele utilizarse más
la palabra malaje). Y, como le pasa a todos los siesos, su presencia suscita toda clase de burlas,
chanzas y cuchufletas. Por ejemplo, los de El Mundo Today, lo proponen como
sucesor de El Mencho, al frente del Cartel Jalisco Nueva Generación. Si no se lo
creen, pueden leerlo pinchando AQUÍ.
Es también
una noticia desternillante. Es oportuno que lo moten de Frijolito Feijoo,
porque ese es precisamente el significado de su apellido; por ejemplo, en
portugués se dice feijão para
designar toda clase de alubias: blancas, pintas, negras o verdinas, con
especial referencia al feijão frade, que es el menos valorado para elaborar
guisos calientes y, por el contrario, se usa para hacer una de las ensaladas
más tradicionales de Portugal. Este feijão frade se llama en Norteamérica black-eyed pea
y es muy popular en el sur profundo, especialmente en la cocina cajun y
criolla. Por otro lado, la feijoada es el plato nacional de Brasil, yo probé
una buenísima en Curitiba con mi querida amiga Gisele. La feijoada proviene de
los guisos que elaboraban los esclavos negros, aprovechando las sobras que se
tiraban de la comida de sus amos, para cocinarlos de nuevo con frijol negro y
arroz blanco. Es una exquisitez. Pero nuestro Feijoo, más bien responde al
modelo del feijão frade, listo
para la ensalada con Abascal. A un tipo tan sieso, como les digo, todo el rato
le hacen cuchufletas como la que ven abajo.
Pero es que no hace falta recurrir a
la manipulación de imágenes para reírse de este señor. Basta poner una imagen
como la que les muestro abajo, en las Cortes. O el vídeo que aparece aun más abajo, que es también auténtico. Se trata de un acto durante la campaña aragonesa, en el que le
invitan a hablar de una empresa de Binefar, y el tipo se aprende mal el nombre
y lo dice ocho veces mal, delante de un cartel en el que está bien escrito. Díganme:
¿ustedes querrían a un sujeto tan gafe como presidente? Encima es que se lo van a
comer entre Ayuso y Abascal. Vean lo que les digo.
Brifín. Ya lo han escuchado. Este
lapsus no supera lo de Anotop at, que
es insuperable, pero abunda en la misma línea. Quizá recuerden también un
tercer episodio, cuando en las Cortes proclamó con su solemnidad impostada que
él, en cuanto llegara a presidente, encargaría la resolución del problema de la
vivienda en España a su primer vicepresidente. Todos en el Congreso, menos los
del PP, empezaron a reírse a carcajadas, sin que él se enterara del motivo de
la hilaridad, que no era otro que el hecho cierto de que quien tiene todas las
papeletas para ocupar esa primera vicepresidencia es el señor Abascal. Aviados
vamos si el problema de la vivienda lo tiene que arreglar este caballero.
Por lo demás, Feijoo ha diseñado esta
cascada de elecciones regionales, para que el PSOE las pierda todas y así ir
deteriorando poco a poco la posición de Sánchez, a ver si se va. Pero le está
saliendo el tiro por la culata, porque tanto en Extremadura como en Aragón, el
PP ha perdido peso y ha pasado a depender aún más de Abascal, que ahora le
chulea retrasando sine die la
constitución de ambos parlamentos. Le está bien empleado: convocar elecciones
en Extremadura y Aragón no era necesario desde un punto de vista estrictamente
local, ambos comicios se han ordenado desde Génova, en clave nacional. Y
Abascal responde también en clave nacional. Los problemas de extremeños y
aragoneses son irrelevantes para ambos partidos de la derecha, dedicados full time a derribar a Sánchez.
En fin, ya ven que la actualidad no
se detiene aunque yo no escriba en el blog. Por cierto, ya me da pereza meterme
también con Almeida; además ya me he adaptado a correr por fuera del Retiro,
cuando a este hombre le da por cerrarlo y hasta podría admitir que cerrar el
parque por una climatología como la que hemos sufrido el último mes puede tener
una cierta lógica (aunque se han caído árboles por toda la ciudad y no tendría
sentido prohibir a la gente que salga a la calle). Lo que sigue siendo
indescifrable es que cierren el parque cuando hace mucho calor, cuando en las
demás ciudades del mundo hacen justo lo contrario: ampliar el horario para que
los ciudadanos puedan estar más frescos. También me molesta que en la Web del
Ayuntamiento digan que los cierres sólo suceden un 1% de los días: en lo que va
de 2026, el Retiro ha estado más días cerrado que abierto.
Pero vayamos ya con el tema de mi
cumpleaños 75. Manda carallo, tres cuartos de siglo me contemplan. La cosa es
que estas cifras redondas son una excusa perfecta para hacer una fiesta y
reunirse con los amigos. Yo lo hice cuando cumplí 60. Por aquel entonces, era
yo Subdirector General, corría carreras de 10 kilómetros sin inmutarme, tenía
una pareja nueva que me gustaba mucho y me sentía poderoso y contento: el rey
del mundo. Con ese motivo, cerré durante dos horas una discoteca bastante de
moda entonces, el Honky Tonk, por la zona de Olavide. De diez a doce de la
noche. Vino mucha gente, en especial de los servicios técnicos del Urbanismo
municipal a los que yo pertenecía. Yo pagué al club un tanto por todo, según lo
que me dijeron, y por allí pasaban todo el rato camareros uniformados portando
bandejas con pinchos y cosas de picar. La bebida era libre y ellos se
encargaban de la música. A las doce, abrían las puertas al público, entraba
todo el mundo y las copas posteriores había ya que pagarlas. No recuerdo cuánto
me costó, pero era una propuesta cara, un lujo.
Cuando cumplí 65, mi situación había cambiado.
En el Ayuntamiento me habían cesado como jefazo, gracias a la imbecilidad de
una concejala inane nombrada por la señora Botella. En otro orden de cosas, mi
chica también me había cesado, aunque yo me resistía a asumirlo. Así que no
estaba la cosa para muchas fiestas. Y menos mal que no organicé nada porque, la
misma mañana de mi cumpleaños, me rompí el brazo izquierdo, en un incidente
nefasto, del que se dio debida cuenta en el blog, que ya llevaba un tiempo
abierto. Por fin, cuando cumplí 70, mis expectativas eran muy amplias, me
jubilaba y planeaba iniciar una nueva vida, empezando por la idea de hacer un
viaje de vuelta al mundo. Pero se cruzó por medio la maldita pandemia, de modo
que ni siquiera pudimos hacer la habitual fiesta de despedida en el trabajo. En
realidad, la hicimos, pero en versión on line. El viaje mundial quedó también
suspendido, aunque finalmente lo hice a los 73, como saben, animado por mis
hijos, que me dijeron que, o lo hacía ya, o no lo haría nunca. Es cierto, creo
que ahora no emprendería un viaje como ese; yo estoy más viejo y el mundo
también ha cambiado, por culpa de El Agente Naranja, del que no quiero hablar
más.
Ahora, para los 75, no tenía excusa
para saltarme la celebración. Pero me pareció que una fiesta tipo Honky Tonk no
era procedente. Yo no tengo ya el dinero que manejaba a los 60, soy un jubilado
y la gente que podía reunir no es ya tan noctámbula como hace quince años. Y encontré
una solución maravillosa: el Mona Club, en pleno centro de Madrid, a 50 metros
de la plaza de Cascorro, cabecera del Rastro. La fiesta se celebró el sábado 21
y resultó muy bien. Les cuento algo del lugar. Este club se llamaba hace unos
años Mona Pinkerton y era bastante exitoso, especialmente los fines de semana,
por el Rastro. El alma de este club, que se anuncia como cultural y vegano, es
el gran Julián, ya mi nuevo amigo para siempre. A Julián le traspasaron el
negocio como bar y club. Y fue como un tiro: daban comidas de menú vegetariano,
había conciertos y actos de todo tipo y era un negocio floreciente. El local
tiene una planta baja amplia y, por una escalera empinada se baja a una especie
de cueva, perfecta para la música.
Todo fue bien durante cinco años, el
negocio era rentable, cada año pasaban unos policías municipales que
comprobaban los papeles del lugar y, en esa situación lograron hasta superar
los encierros de la pandemia. Hasta que, de pronto, un aparejador municipal
descubrió que el local carecía de licencia de actividad. Se la pidieron a
Julián, que no la encontró. El tipo que le había traspasado el negocio le había
estafado. Le clausuraron el sitio y le pusieron 60.000€ de multa. Pero el
problema es que el rollo del lugar le había atrapado, se lo pasaba muy bien
allí, ganaba dinero y decidió reflotarlo. Pidió una licencia de actividad. Y
entonces descubrió que su bar estaba en una ZPAE. Zonas de Protección Acústica
Especial. Son zonas en las que, en 2012 se estableció que no se podrían abrir
nuevos bares, para responder a las quejas vecinales por el ruido. Sólo se dan
licencias de actividad para lugares donde antes ha habido un bar legal, con
todos sus papeles en regla. Mi casa está también en una ZPAE.
Ante esto, a Julián le queda sólo una
solución: legalizarlo como club cultural. Está en ello con un arquitecto y a
través de una ECU, esas empresas a las que Gallardón externalizó la gestión de
estas licencias. Mientras consigue los papeles, va organizando saraos como el
mío, con los que mantiene vivo el asunto, además de jam sessions, mercadillos,
conferencias y similares. Todo eso, de la forma más silenciosa posible porque,
como le denuncie un vecino, se le puede caer el pelo. Él podría argüir que ya
ha pedido la licencia y no se la han dado todavía por ineptitud municipal, pero
con estas cosas es mejor no jugar. Con motivo de esta situación provisional,
los asistentes a la fiesta debían entrar por el portal y buscar una puerta
lateral para acceder al local, lo que le daba al tema un mayor nivel de aventura y rollo
misterioso.
Pero esta vez yo no podía contar con
camareros de levita sirviendo comida. Había que organizar muchas cosas. Julián
ofrece un catering vegano, pero yo lo completé con jamón, queso y empanadas
gallegas, mi chica y mi compañera Cristina Moreno aportaron diversas
exquisiteces. Compré una caja de vino blanco para tenerlo bien frío. Esto en
cuanto a la manduca. Además tenía que ocuparme de la música, a través de
Spotify. Y ayudar a recolocar los muebles del bar para poner las mesas a un
lado. Pensar en unos percheros donde la gente dejara los abrigos y los bolsos.
Más las tartas de cumpleaños y las velitas. Y pensar en la organización general
del evento. Y encima, la gente se empeñó en que teníamos que tocar algo en el
escenario de la cueva, lo que supone revisar el equipo de amplificación, hacer
pruebas de sonido, etcétera. Al final, todo salió bien.
El programa era que, a las 19.00, se
iba recibiendo a la gente, dejaban sus cosas, pedían bebidas en la barra y
tenían a su disposición las cosas de comer en las mesas del fondo. Yo tenía que
saludarlos a todos, recibir los regalos y amontonarlos en un rincón. Al final
nos reunimos 42 personas, que no está nada mal. Gente transversal, diversa,
entre la que nadie conocía a casi nadie. Mis hijos y algunos de sus amigos, mi
pareja y su grupo más próximo, más algunos amigos antiguos, compañeras de mis 40
años de trabajo en el Ayuntamiento, profesoras de las escuelas de arquitectura
que aún me siguen llamando para dar clases magistrales, mis colegas músicos de
Vallecas, gente del yoga, el pequeño grupo de vecinos de la calle Almadén que
nos solemos encontrar por el barrio. La cosa era divertida.
En un momento dado, Henry Guitar,
Críspulo y yo bajamos a la cueva, ajustamos los instrumentos y empezamos a
tocar. La gente bajó enseguida y yo tuve que dar un pequeño speech agradeciendo
la presencia de todos y presentando al grupo. Ahí iniciamos un conciertillo
improvisado, del que tengo algunas imágenes. Al final, mi hijo Kike me presentó
la tarta con las velas y pusimos la música para bailar, distinta de la que
habíamos puesto arriba, que era mayormente blues. Arriba de nuevo, atacamos las
tartas con nuevas bebidas y la gente empezó a desfilar. Una de las ventajas del
lugar es su localización, muy cerca del Metro Latina o la Plaza Mayor. Los
últimos cerramos el lugar a las doce de la noche y caminamos a nuestras
guaridas, agotados pero felices. Y ahora vamos con las imágenes. Primero, el
escenario desde el fondo.
Cronológicamente, ahora viene un video de nuestra actuación. Me grabaron muchos, pero ya saben que con los teléfonos móviles el resultado es muy malo y el sonido regular, con el barullo que monta la gente. Entre todos los que me grabaron, les he seleccionado este, porque realmente es un momento mágico, a pesar del sonido ratonero. Es la interpretación que perpetramos del Stand by me, del gran Ben E. King, año 1961. Les juro que no habíamos ensayado nada, la canción surgió espontánea, pero Henry y Crispulo son unos músicos excepcionales y yo hice lo posible por estar a la altura. El rock es una cultura que pasa de padres a hijos y esta canción se la sabe todo el mundo y la cantaron allí a coro. No se la pierdan. Y pantalla grande, por favor.
Espectacular, ¿verdad ustedes? Bien, vean ahora una imagen del momento en que me sacan la tarta.
Y, al final, nos hicimos todos los presentes una foto emulando la portada del Sargent Peppers, para que quede para la posteridad. También les he seleccionado dos entre las muchas versiones que se hicieron.
Nada, que fue una noche inolvidable para mí. Desde que me fui por ahí a dar la vuelta al mundo, no había vivido unos momentos tan intensos. Así que, que ustedes lo pasen bien. Quieran a sus amigos, déjense querer por ellos, y disfruten en suma de la vida: sólo tenemos una.

























