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jueves, 26 de febrero de 2026

43. One more time

Una vez más (one more time) tengo que empezar por pedirles disculpas por un silencio de casi un mes. La cosa está justificada por una circunstancia que enseguida les preciso, que me ha dejado sin margen para escribir, porque, sumada al inglés, el yoga, el running y lo demás, ha ocupado todo mi tiempo libre en este Mes del Señor, de febrero de 2016. La circunstancia es que el día 19 cumplí 75 años y, ante cifra tan redonda, se me ocurrió organizar una celebración, que más abajo les cuento y cuya logística acaparó toda mi energía mental sobrante. Más abajo les cuento los detalles de esta aventura, que me ha llevado a un lapsus de silencio mayor del habitual, por el que les pido encarecidamente disculpas. Una vez más. La cosa de ponerlo en inglés, no es sólo por mi proverbial esnobismo, que también, sino porque últimamente uso la melodía de la canción de ese nombre, para mis salidas a correr por el Retiro. Es un tema sensacional, que firmó el gran músico británico Joe Jackson, nada menos que en 1978 y que es perfecta para correr a una buena velocidad. Escúchenla, porfa.

Bueno, tras este chute de energía musiquera, pasemos a lo cotidiano, un pequeño repaso de algunas de las cosas más destacadas que han sucedido en este mes. Empezando por el intermedio de la Superbowl en América, en donde la actuación del portorriqueño Bad Bunny dejó a todo el mundo boquiabierto. Y saben que Donald Trump había contraprogramado con una actuación retransmitida por otra cadena, con un show patriótico de alguien afín. Pero a la hora de la verdad le pudo la curiosidad y vio completo por la tele el show de Bad Bunny. E inmediatamente lo comentó en su red social, de la manera compulsiva habitual, con estas palabras: Esta actuación ha sido TERRIBLE, nadie entiende lo que dice ese tío.

A este respecto, tengo que confesarles que yo tampoco entiendo nada de la dicción de este señor, a quien tengo un cierto respeto como músico, aunque el reguetón no es lo mío. Hace años que mi hijo Kike me está hablando en los mejores términos de Bad Bunny, pero, qué quieren que les diga, yo prefiero a los Beatles y a los Stones (y a Joe Jackson). De este hombre sólo me gusta media canción, esa que dice: Pol la mañana café, pol la talde ron. El arranque, cuando entona ese estribillo, es buenísmo; luego el tema se va por otros vericuetos que ya me gustan menos, aunque reconozco que no están mal tampoco. Escúchenlo hasta donde quieran y córtenlo entonces, porque a medio tema se pone un poco cansino.

Pero lo cierto es que a mí, como a Donald Trump, me cuesta entender lo que canta este señor, de quien admito que sus letras constituyen un valor añadido, puesto que han suprimido el viejo imaginario machista del reguetón original. Pero sentado esto, me asalta una gran preocupación: ¿es posible que yo llegue a coincidir con Trump en algo? Sería algo TERRIBLE para el blog y permítanme que use las mayúsculas a la manera trumpista. Por cierto, Trump se cree que poniendo mayúsculas se enfatiza el valor de una palabra, cuando no es así. Para enfatizar un término, se utilizan universalmente la cursiva o el ponerlo entre comillas. Las mayúsculas significan que esa palabra se grita, se vocifera, se proclama a voces. A lo mejor es eso precisamente lo que pretende este maleducado proverbial, pero me temo que la sobredosis de mayúsculas en sus tuits se debe más a la ignorancia de su valor semántico. Pero, como les digo, yo estaba preocupado por coincidir en algo con Trump, así que he recurrido a las fuentes. Es decir, al gran José Mota. En uno de sus sketchs navideños (de hace dos años), este estupendo cómico pone en contexto el problema de por qué los boomers no entendemos a Bad Bunny. Véanlo, es desternillante.  

La deriva de Donald Trump es muy peligrosa, como les llevo pronosticando desde hace mucho y confirmando día a día. Yo confío en que los americanos salven las Mid Term Elections, que desde ya está tratando de torpedear, prostituir o directamente anular. Nos jugamos mucho todos en esas elecciones para las que quedan poco más de ocho meses. Lo que me gustaría resaltar es que mi opinión respecto a este impresentable no es en absoluto única y aislada; todo el mundo está horrorizado con la deriva de semejante personaje. Ya les he contado que, tanto en Canadá, como en Australia, los partidos socialdemócratas han ganado las últimas elecciones presidenciales, para las que partían en amplia desventaja según los sondeos. Algo parecido ha sucedido en Portugal y otros lugares, y la propia opinión pública norteamericana registra unos ínfimos valores de popularidad sin precedentes en otros presidentes anteriores. Tal vez la irrupción de Trump pueda servir al mundo como una especie de vacuna contra el fascismo. Supongo que saben también que durante la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno en Milán-Cortina d'Ampezzo, el desfile de la delegación norteamericana fue acogido con un abucheo sonoro y unánime de todos los presentes. Vean también el chiste de un humorista británico.

A mí cada vez me resulta más incomprensible que un pueblo como el americano haya elegido presidente a un patán, iletrado, colérico, compulsivo, maleducado, histriónico, ególatra, vengativo, abusón, machista, putero, corrupto, incapaz para la empatía… se me acaban los adjetivos; creo que este señor sería acreedor de todos los epítetos reseñados en el Gran Libro de los Insultos, de Pancracio Celdrán, del que ya les he hablado muchas veces. Lo más reciente de este energúmeno es el discurso de casi dos horas sobre el Estado de la Unión. Les voy a pedir que escuchen la respuesta inmediata de Bernie Sanders. Les pongo la versión original en el delicioso inglés de Sanders y una traducción automática al español de Sudamérica, directamente perpetrada con Inteligencia Artificial, para que elijan la que mejor les vaya.


Vaya, les estoy poniendo muchos deberes visuales en este post, pero no se quejen, que podría ser peor. Después de un mes de silencio, hay muchos temas sobre la mesa por los que poner verde a Donald Trump y, por supuesto, también a Feijoo, que es el otro deporte habitual de este blog. No quiero ser pesado, pero a mí me intranquiliza mucho la posibilidad de que este tipo llegue a ser presidente en España, y encima con Abascal de vicepresidente. A mí me parece que no está capacitado, es un vago (en la línea de Rajoy, sólo que este tenía más gracia) y es un sieso, adjetivo que creo que le cuadra como anillo al dedo, según define el término el Libro de los Insultos arriba citado, es decir, desagradable, antipático y desabrido (en Andalucía, suele utilizarse más la palabra malaje). Y, como le pasa a todos los siesos, su presencia suscita toda clase de burlas, chanzas y cuchufletas. Por ejemplo, los de El Mundo Today, lo proponen como sucesor de El Mencho, al frente del Cartel Jalisco Nueva Generación. Si no se lo creen, pueden leerlo pinchando AQUÍ.

Es también una noticia desternillante. Es oportuno que lo moten de Frijolito Feijoo, porque ese es precisamente el significado de su apellido; por ejemplo, en portugués se dice feijão para designar toda clase de alubias: blancas, pintas, negras o verdinas, con especial referencia al feijão frade, que es el menos valorado para elaborar guisos calientes y, por el contrario, se usa para hacer una de las ensaladas más tradicionales de Portugal. Este feijão frade se llama en Norteamérica black-eyed pea y es muy popular en el sur profundo, especialmente en la cocina cajun y criolla. Por otro lado, la feijoada es el plato nacional de Brasil, yo probé una buenísima en Curitiba con mi querida amiga Gisele. La feijoada proviene de los guisos que elaboraban los esclavos negros, aprovechando las sobras que se tiraban de la comida de sus amos, para cocinarlos de nuevo con frijol negro y arroz blanco. Es una exquisitez. Pero nuestro Feijoo, más bien responde al modelo del feijão frade, listo para la ensalada con Abascal. A un tipo tan sieso, como les digo, todo el rato le hacen cuchufletas como la que ven abajo.

Pero es que no hace falta recurrir a la manipulación de imágenes para reírse de este señor. Basta poner una imagen como la que les muestro abajo, en las Cortes. O el vídeo que aparece aun más abajo, que es también auténtico. Se trata de un acto durante la campaña aragonesa, en el que le invitan a hablar de una empresa de Binefar, y el tipo se aprende mal el nombre y lo dice ocho veces mal, delante de un cartel en el que está bien escrito. Díganme: ¿ustedes querrían a un sujeto tan gafe como presidente? Encima es que se lo van a comer entre Ayuso y Abascal. Vean lo que les digo.


Brifín. Ya lo han escuchado. Este lapsus no supera lo de Anotop at, que es insuperable, pero abunda en la misma línea. Quizá recuerden también un tercer episodio, cuando en las Cortes proclamó con su solemnidad impostada que él, en cuanto llegara a presidente, encargaría la resolución del problema de la vivienda en España a su primer vicepresidente. Todos en el Congreso, menos los del PP, empezaron a reírse a carcajadas, sin que él se enterara del motivo de la hilaridad, que no era otro que el hecho cierto de que quien tiene todas las papeletas para ocupar esa primera vicepresidencia es el señor Abascal. Aviados vamos si el problema de la vivienda lo tiene que arreglar este caballero.

Por lo demás, Feijoo ha diseñado esta cascada de elecciones regionales, para que el PSOE las pierda todas y así ir deteriorando poco a poco la posición de Sánchez, a ver si se va. Pero le está saliendo el tiro por la culata, porque tanto en Extremadura como en Aragón, el PP ha perdido peso y ha pasado a depender aún más de Abascal, que ahora le chulea retrasando sine die la constitución de ambos parlamentos. Le está bien empleado: convocar elecciones en Extremadura y Aragón no era necesario desde un punto de vista estrictamente local, ambos comicios se han ordenado desde Génova, en clave nacional. Y Abascal responde también en clave nacional. Los problemas de extremeños y aragoneses son irrelevantes para ambos partidos de la derecha, dedicados full time a derribar a Sánchez.

En fin, ya ven que la actualidad no se detiene aunque yo no escriba en el blog. Por cierto, ya me da pereza meterme también con Almeida; además ya me he adaptado a correr por fuera del Retiro, cuando a este hombre le da por cerrarlo y hasta podría admitir que cerrar el parque por una climatología como la que hemos sufrido el último mes puede tener una cierta lógica (aunque se han caído árboles por toda la ciudad y no tendría sentido prohibir a la gente que salga a la calle). Lo que sigue siendo indescifrable es que cierren el parque cuando hace mucho calor, cuando en las demás ciudades del mundo hacen justo lo contrario: ampliar el horario para que los ciudadanos puedan estar más frescos. También me molesta que en la Web del Ayuntamiento digan que los cierres sólo suceden un 1% de los días: en lo que va de 2026, el Retiro ha estado más días cerrado que abierto.

Pero vayamos ya con el tema de mi cumpleaños 75. Manda carallo, tres cuartos de siglo me contemplan. La cosa es que estas cifras redondas son una excusa perfecta para hacer una fiesta y reunirse con los amigos. Yo lo hice cuando cumplí 60. Por aquel entonces, era yo Subdirector General, corría carreras de 10 kilómetros sin inmutarme, tenía una pareja nueva que me gustaba mucho y me sentía poderoso y contento: el rey del mundo. Con ese motivo, cerré durante dos horas una discoteca bastante de moda entonces, el Honky Tonk, por la zona de Olavide. De diez a doce de la noche. Vino mucha gente, en especial de los servicios técnicos del Urbanismo municipal a los que yo pertenecía. Yo pagué al club un tanto por todo, según lo que me dijeron, y por allí pasaban todo el rato camareros uniformados portando bandejas con pinchos y cosas de picar. La bebida era libre y ellos se encargaban de la música. A las doce, abrían las puertas al público, entraba todo el mundo y las copas posteriores había ya que pagarlas. No recuerdo cuánto me costó, pero era una propuesta cara, un lujo.

Cuando cumplí 65, mi situación había cambiado. En el Ayuntamiento me habían cesado como jefazo, gracias a la imbecilidad de una concejala inane nombrada por la señora Botella. En otro orden de cosas, mi chica también me había cesado, aunque yo me resistía a asumirlo. Así que no estaba la cosa para muchas fiestas. Y menos mal que no organicé nada porque, la misma mañana de mi cumpleaños, me rompí el brazo izquierdo, en un incidente nefasto, del que se dio debida cuenta en el blog, que ya llevaba un tiempo abierto. Por fin, cuando cumplí 70, mis expectativas eran muy amplias, me jubilaba y planeaba iniciar una nueva vida, empezando por la idea de hacer un viaje de vuelta al mundo. Pero se cruzó por medio la maldita pandemia, de modo que ni siquiera pudimos hacer la habitual fiesta de despedida en el trabajo. En realidad, la hicimos, pero en versión on line. El viaje mundial quedó también suspendido, aunque finalmente lo hice a los 73, como saben, animado por mis hijos, que me dijeron que, o lo hacía ya, o no lo haría nunca. Es cierto, creo que ahora no emprendería un viaje como ese; yo estoy más viejo y el mundo también ha cambiado, por culpa de El Agente Naranja, del que no quiero hablar más.

Ahora, para los 75, no tenía excusa para saltarme la celebración. Pero me pareció que una fiesta tipo Honky Tonk no era procedente. Yo no tengo ya el dinero que manejaba a los 60, soy un jubilado y la gente que podía reunir no es ya tan noctámbula como hace quince años. Y encontré una solución maravillosa: el Mona Club, en pleno centro de Madrid, a 50 metros de la plaza de Cascorro, cabecera del Rastro. La fiesta se celebró el sábado 21 y resultó muy bien. Les cuento algo del lugar. Este club se llamaba hace unos años Mona Pinkerton y era bastante exitoso, especialmente los fines de semana, por el Rastro. El alma de este club, que se anuncia como cultural y vegano, es el gran Julián, ya mi nuevo amigo para siempre. A Julián le traspasaron el negocio como bar y club. Y fue como un tiro: daban comidas de menú vegetariano, había conciertos y actos de todo tipo y era un negocio floreciente. El local tiene una planta baja amplia y, por una escalera empinada se baja a una especie de cueva, perfecta para la música.

Todo fue bien durante cinco años, el negocio era rentable, cada año pasaban unos policías municipales que comprobaban los papeles del lugar y, en esa situación lograron hasta superar los encierros de la pandemia. Hasta que, de pronto, un aparejador municipal descubrió que el local carecía de licencia de actividad. Se la pidieron a Julián, que no la encontró. El tipo que le había traspasado el negocio le había estafado. Le clausuraron el sitio y le pusieron 60.000€ de multa. Pero el problema es que el rollo del lugar le había atrapado, se lo pasaba muy bien allí, ganaba dinero y decidió reflotarlo. Pidió una licencia de actividad. Y entonces descubrió que su bar estaba en una ZPAE. Zonas de Protección Acústica Especial. Son zonas en las que, en 2012 se estableció que no se podrían abrir nuevos bares, para responder a las quejas vecinales por el ruido. Sólo se dan licencias de actividad para lugares donde antes ha habido un bar legal, con todos sus papeles en regla. Mi casa está también en una ZPAE.

Ante esto, a Julián le queda sólo una solución: legalizarlo como club cultural. Está en ello con un arquitecto y a través de una ECU, esas empresas a las que Gallardón externalizó la gestión de estas licencias. Mientras consigue los papeles, va organizando saraos como el mío, con los que mantiene vivo el asunto, además de jam sessions, mercadillos, conferencias y similares. Todo eso, de la forma más silenciosa posible porque, como le denuncie un vecino, se le puede caer el pelo. Él podría argüir que ya ha pedido la licencia y no se la han dado todavía por ineptitud municipal, pero con estas cosas es mejor no jugar. Con motivo de esta situación provisional, los asistentes a la fiesta debían entrar por el portal y buscar una puerta lateral para acceder al local, lo que le daba al tema un mayor nivel de aventura y rollo misterioso.

Pero esta vez yo no podía contar con camareros de levita sirviendo comida. Había que organizar muchas cosas. Julián ofrece un catering vegano, pero yo lo completé con jamón, queso y empanadas gallegas, mi chica y mi compañera Cristina Moreno aportaron diversas exquisiteces. Compré una caja de vino blanco para tenerlo bien frío. Esto en cuanto a la manduca. Además tenía que ocuparme de la música, a través de Spotify. Y ayudar a recolocar los muebles del bar para poner las mesas a un lado. Pensar en unos percheros donde la gente dejara los abrigos y los bolsos. Más las tartas de cumpleaños y las velitas. Y pensar en la organización general del evento. Y encima, la gente se empeñó en que teníamos que tocar algo en el escenario de la cueva, lo que supone revisar el equipo de amplificación, hacer pruebas de sonido, etcétera. Al final, todo salió bien.

El programa era que, a las 19.00, se iba recibiendo a la gente, dejaban sus cosas, pedían bebidas en la barra y tenían a su disposición las cosas de comer en las mesas del fondo. Yo tenía que saludarlos a todos, recibir los regalos y amontonarlos en un rincón. Al final nos reunimos 42 personas, que no está nada mal. Gente transversal, diversa, entre la que nadie conocía a casi nadie. Mis hijos y algunos de sus amigos, mi pareja y su grupo más próximo, más algunos amigos antiguos, compañeras de mis 40 años de trabajo en el Ayuntamiento, profesoras de las escuelas de arquitectura que aún me siguen llamando para dar clases magistrales, mis colegas músicos de Vallecas, gente del yoga, el pequeño grupo de vecinos de la calle Almadén que nos solemos encontrar por el barrio. La cosa era divertida.

En un momento dado, Henry Guitar, Críspulo y yo bajamos a la cueva, ajustamos los instrumentos y empezamos a tocar. La gente bajó enseguida y yo tuve que dar un pequeño speech agradeciendo la presencia de todos y presentando al grupo. Ahí iniciamos un conciertillo improvisado, del que tengo algunas imágenes. Al final, mi hijo Kike me presentó la tarta con las velas y pusimos la música para bailar, distinta de la que habíamos puesto arriba, que era mayormente blues. Arriba de nuevo, atacamos las tartas con nuevas bebidas y la gente empezó a desfilar. Una de las ventajas del lugar es su localización, muy cerca del Metro Latina o la Plaza Mayor. Los últimos cerramos el lugar a las doce de la noche y caminamos a nuestras guaridas, agotados pero felices. Y ahora vamos con las imágenes. Primero, el escenario desde el fondo.  

Cronológicamente, ahora viene un video de nuestra actuación. Me grabaron muchos, pero ya saben que con los teléfonos móviles el resultado es muy malo y el sonido regular, con el barullo que monta la gente. Entre todos los que me grabaron, les he seleccionado este, porque realmente es un momento mágico, a pesar del sonido ratonero. Es la interpretación que perpetramos del Stand by me, del gran Ben E. King, año 1961. Les juro que no habíamos ensayado nada, la canción surgió espontánea, pero Henry y Crispulo son unos músicos excepcionales y yo hice lo posible por estar a la altura. El rock es una cultura que pasa de padres a hijos y esta canción se la sabe todo el mundo y la cantaron allí a coro. No se la pierdan. Y pantalla grande, por favor.

Espectacular, ¿verdad ustedes? Bien, vean ahora una imagen del momento en que me sacan la tarta.

Y, al final, nos hicimos todos los presentes una foto emulando la portada del Sargent Peppers, para que quede para la posteridad. También les he seleccionado dos entre las muchas versiones que se hicieron.


Nada, que fue una noche inolvidable para mí. Desde que me fui por ahí a dar la vuelta al mundo, no había vivido unos momentos tan intensos. Así que, que ustedes lo pasen bien. Quieran a sus amigos, déjense querer por ellos, y disfruten en suma de la vida: sólo tenemos una.

2 comentarios:

  1. Muy bien Milu. Yo tb disfruté un montón. Como le hubiera gustado a Parte tus blues.

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  2. Gracias por rescatar el tema de Joe Jackson, qué recuerdos. Por lo demás, los motivos por los que usted no entiende a Bad Bunny son diferentes de los de Trump. Los suyos de usted tienen que ver con la enrevesada dicción puertorriqueña y la entonación medio desmayada. Los de Trump se basan en su ignorancia supina del castellano (y de calquier otro idioma distinto del inglés yanqui medio mascullado que él utiliza). Recuerde cuando intentó nombrar a Santiago Abascal y le llamó: Sandi-egou Obiscal.

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