El pasado jueves por la tarde murió mi querido hermano mayor Antonio, 91 años, (no me gusta usar el verbo falleció, un modismo que parece tratar de suavizar para los demás un trance tan duro). Anteayer quemamos sus restos en el crematorio de la Almudena y en unas semanas llevaremos las cenizas al Cementerio de Alicante. Toda la familia le acompañó hasta el último segundo y ahora hemos de pasar página y pensar en positivo: con 91 años, hace menos de un mes estaba tomándose una cervecita conmigo en una terraza del barrio Salamanca donde vivía. Desde luego que yo, ahora mismo, firmaba llegar a esa edad con su misma energía y saber estar. Para mí fue siempre una referencia en todos los terrenos y lo echaré de menos.
A los 90, la muerte es algo bastante previsible. Aunque me viene a la memoria el caso del filósofo francés Edgar Morin que, a punto de cumplir 105 años, continúa en plena actividad, escribiendo y publicando sus reflexiones en artículos de diversos medios franceses y extranjeros. Siendo yo el hermano pequeño, a bastante distancia de los anteriores, desde siempre he tenido interiorizada, más o menos conscientemente, la idea de que me iba tocar ver morir a todos mis hermanos. Pero llegado el momento, es algo muy duro, un proceso tremendo para el que nadie nos ha preparado, aunque a medida que envejecemos lo vamos normalizando porque no nos queda otro remedio. De estas historias, yo trato de salir con más ganas de vivir lo que me quede, de disfrutar de estos años postreros que son como de regalo. En ese sentido viene a cuento un discurso delicioso que pronunció hace poco Joan Manuel Serrat en una especie de congreso sobre la tercera edad. El vídeo ha circulado por los whatsapps de todo el mundo, pero, por si no lo han visto, abajo lo tienen.
No podría estar más de acuerdo con este caballero, siete años mayor que yo. Mi vida es también una especie de veranillo y, cada día que me levanto y compruebo que no me duele nada y me encuentro bien, pues es el punto de partida para disfrutar de otro venturoso día de esta vida que es un regalo que se nos ha dado. Mi hermano descansa en paz; de tres que tenía ya sólo me queda uno, pero hemos de seguir adelante y poner toda nuestra energía en el esfuerzo cotidiano. Pero aquí surge un tema nuevo. El proceso de la enfermedad de mi hermano ha durado unos veinte días. Y yo llevo casi mes y medio sin publicar ni un solo renglón. Un lapsus inusualmente largo, incluso para un blog que se autoproclama de reflexiones al tran-tran. ¿Qué ha sucedido? Ante una interrupción como esta, yo creo que ya huelga toda disculpa, como era mi costumbre hasta ahora, en cuanto me retrasaba un poco. Lo que sigue no es en modo alguno una disculpa, pero sí creo que esto se merece un análisis y una mínima explicación.
Como les conté, a primeros de marzo se me estropeó fatalmente mi anterior ordenador, el segundo Lenovo que he tenido y el segundo que se avería prematuramente. Lo llevé a arreglar y tardaron mucho en llegar a la conclusión de que no era reparable, tras de lo cual, entré en el proceso de asesorarme debidamente sobre qué aparato comprar, valorar las diferentes ofertas, elegir uno y ponerlo a punto con la ayuda de mis amigos Boni y Ángel. El resultado de todo eso es que me vi desprovisto de ordenador durante más o menos un mes. Ya me había sucedido lo mismo a comienzos de 2025 y, durante el largo mes de enero de ese año, tal vez recuerden que me pasé todo el tiempo con un síndrome de abstinencia brutal, consultando todo el rato la aplicación del servicio de reparaciones de Media Markt, tienda a la que acudí al menos dos veces para ver qué había de lo mío, además de intentar escribir nuevos posts para ustedes usando el móvil, algo que resulta muy arduo, por no hablar del proceso de enviar esos posts demediados a todos los socios de este pequeño club de seguidores.
Esta vez, les confieso que empecé mi período de ayuno y abstinencia informática, con la misma sensación de añoranza invencible, de echar en falta hasta límites dolorosos un aparato que parece haberse vuelto imprescindible para nuestra felicidad cotidiana. En esos primeros días escribí un texto cortito, pero desistí de enviarlo al mailing (había que hacerlo uno a uno con todas las direcciones de mail de mis seguidores), de modo que nadie se enteró de su publicación. Pero en paralelo, empecé a experimentar una sensación creciente de gozo y tranquilidad. Al no tener ordenador, tenía más tiempo útil para cosas como tocar la guitarra, ver a los amigos, ordenar mi casa, cocinar. Vivir la vida, en suma. Y, desde luego, leer.
A este respecto he de precisarles que, como saben, no hace mucho me di de baja en la tertulia literaria Billar de Letras, en la que creo que llevaba más de quince años. Necesitaba cortar con esa historia que cada vez me aportaba menos, Y, como un corolario lógico, estuve unos meses sin leer absolutamente nada, como una especie de cura mental. Después, poco a poco, he vuelto a disfrutar del placer de la lectura y me he calzado ya unos cuantos tochos, cuyas reseñas les debo. Todo esto viene a demostrar que el ordenador, como el móvil, es un aparato que te engancha como una droga y cuya falta te produce un tremendo síndrome de abstinencia (lo que los ingleses llaman cold turkey). Y yo esta vez he superado ese síndrome y me siento como más libre. Esta es más o menos la explicación de esta transformación, que me ha llevado a dejarles sin mis textos durante mes y medio.
Pero el asunto tiene una secuela innegable. Cuando uno deja de practicar cualquier tarea, idioma, disciplina o instrumento musical, va perdiendo sus habilidades y se vuelve más torpe. Yo dejé de andar en bici después de mi rotura de húmero y después me costaba muchísimo subirme a una bicicleta, hasta el punto que ya lo he dejado del todo. Uno de los motivos por los que yo mantengo una serie de blogs desde finales de 2012 es que esto es una forma de practicar la escritura. Si uno para de practicar, pues pierde el punto y la finura. Así que ya les digo que voy a seguir entreteniendo su ocio con mis historias, aun no sé con qué frecuencia, simplemente trataré de escribir cuando me apetezca o cuando encuentre algo que piense que merece ser contado. Con este texto de hoy enlazo con mi post anterior y empezaré por algo obligado: relatar mis aventuras en este mes y medio de silencio, que han sido variadas y divertidas. Esta faceta del blog me es de bastante utilidad, pues me permite dejar constancia de mis andanzas y evitar que caigan en el olvido, como lágrimas en la lluvia.
Como les anuncié, en el tiempo de Semana Santa me fui de viaje con mi chica a un hotel con encanto en la falda de las montañas de Cantabria. Era un lugar que se anunciaba en Internet como refugio ideal para una escapada romántica y costaba bastante encontrarlo, al final de un autentico camino de cabras, en medio de un grupo de unas diez casas de labranza algunas de ellas reconvertidas también en alojamientos para turistas. Algo que resultaría exagerado llamar aldea. Por supuesto, allí no había ni un bar ni una tienda o supermercado. El hotel debía de ser una antigua mansión de algún indiano, en donde había unas quince o veinte habitaciones bien acondicionadas, que cada fin de semana se llenan íntegramente con parejas de enamorados de edades uniformes: ni muy mayores, ni muy jóvenes.
Y ¿qué se puede hacer en un lugar así? Pues coger el coche cada día y bajar a los pueblos de la costa a pasar el día. Y por la noche regresar al cubil con algunas provisiones para cenar, ver alguna película en la estupenda smart TV, y lo de después ya lo dejo a su imaginación, que en esta tribuna me consta que entran niños. Por las mañanas, uno podía disfrutar de un excelente desayuno de bufet y saludar a las demás parejas, con las que intimamos bastante. Por cierto, es un lugar pet friendly, así que bastantes de estas parejas se alojaban con sus perros y gatos, con los que también hicimos amistad. Los tres días completos que pasamos en ese hotel, los dedicamos a visitar respectivamente San Vicente de la Barquera, Castro Urdiales y Santoña, lugares vistosos donde se puede pasear, se come bien y, en concreto en Santoña, se pueden comprar sus míticas anchoas, de las que nos volvimos bien provistos. Algunas fotos mías: la primera con el hotel al fondo a la derecha.
Tras una semana de ínterin rutinario, volví a viajar, esta vez para pasar una semana en París, los primeros días en casa de mi hijo Kike y los segundos donde mi querido amigo Alain Sinou. Respecto a esto, tengo una historieta que cubre otro de los objetivos de este blog: el de advertirles a ustedes de estafas o peligros del mundo moderno, para que no caigan en los mismos errores que yo o, como suele decirse, escarmienten en cabeza ajena. Les cuento. Yo había sacado mis billetes de Air France con bastante tiempo, el de ida para el sábado 11 de abril a mediodía. Como es de rigor, el día anterior, viernes, entré en la página de Air France para sacar la tarjeta de embarque. Desde esa Web me derivaron a otra para dicho trámite. En esta página subsidiaria, lo primero que hicieron fue decirme que tenía que pagar 0,79€ para poder seguir. Me pareció raro pero, en estos tiempos acelerados, pensé que tal vez habían cambiado las cosas y las líneas aéreas habían encontrado una nueva forma de sablear al cliente.
El caso es que pagué 0,79€ con mi tarjeta Visa y continué. Me pidieron entonces una serie de datos personales, nombre, DNI, correo electrónico, número de reserva. Los rellené y no me dejaba seguir: decía que los datos eran incorrectos. Lo intenté hasta tres veces y ahí me empecé a mosquear. Decidí salirme y volver a entrar en la Web de Air France. Entonces, oh milagro, no me derivaron a ninguna parte, sino que la propia Web me cumplió el trámite y me envió la tarjeta de embarque. Inmediatamente, llamé a atención al cliente del BBVA y les conté mi peripecia. En la página del banco, figuraba un pago de 0,79€ a nombre de My Pro Travel Limited. Los del banco coincidieron conmigo en que se trataba de una estafa y me aconsejaron anular ipso facto la tarjeta, puesto que los estafadores tenían los datos de esa tarjeta y podían cargarme nuevos pagos. Pero yo me iba una semana de viaje y quería disponer de esa Visa para pagar en determinados establecimientos parisinos donde me podía fallar la Revolut, que es la otra tarjeta que tengo.
Ante eso, me dijeron que había una opción: yo podía anular la tarjeta sólo para pagos on line y mantenerla útil para pagos en tiendas o restaurantes y también para sacar dinero en cajeros. Eso es lo que hice, ayudado por la amable telefonista que me estaba atendiendo. Desde ahí hasta que me subí al avión con mi reglamentaria tarjeta de embarque, me estuvieron acribillando a correos electrónicos desde My Pro Travel, en los que me advertían que había dejado a medias mi trámite de obtención de la tarjeta de embarque y que podía tener problemas para subir al avión y que por favor les facilitara los datos personales restantes. Ya en la sala de espera del embarque, me harté del coñazo y respondí a uno de esos correos. Les dije que eran unos estafadores, que ya tenía la maldita tarjeta de embarque, que había anulado la tarjeta Visa y, para terminar, que hicieran el favor de reintegrarme los 0,79€ cobrados indebidamente, o les pondría una denuncia ante la policía.
El efecto de esto es que, en la Web del banco apareció un nuevo cargo, en este caso de devolución de 0,79€. Ambos, el del pago y el de la devolución, aparecían en color rojo, como pendientes de comprobación. Ya en Paris, utilicé mi Visa un par de veces sin problemas y, en dos ocasiones, me llegaron mensajes sms, comunicándome que se había intentado por dos veces cargarme 79€, cargo que había sido denegado por el banco al tener mi tarjeta anulada para trámites on line. La empresa que intentaba cobrarme esos 79 euracos era My Pro Travel, ahora con un dato adicional: se trataba de una empresa radicada en Nicosia (Chipre). Al volver a Madrid, anulé completamente la tarjeta y estuve una semana sin Visa hasta que me mandaron la nueva a mi buzón de correo postal. Y los dos apuntes, de pago y devolución de 0,79€ desaparecieron de la página como por arte de magia. Así que ya tienen una doble moraleja. Por un lado, si alguien intenta cobrarles por algo habitualmente gratuito, cuidado. Y si alguien les pide una cantidad insignificante, ojo también; eso sólo puede significar que quieren hacerse con los datos de su tarjeta.
Por lo demás, llegué a París el sábado 11 de abril por la tarde, a tiempo de sumarme a la celebración del cumple de mi hijo Kike, que había preparado un festejo en un bar parisino de unos amigos suyos, conjuntamente con un italiano que cumplía también en esos días. El domingo, mis hijos KIke y Clarissa me llevaron a un restaurante chino a comer una modalidad de noodles que no conocía: los llamados biang-biang, originarios de la región de Shaan Xi, que pueden tener hasta dos metros de largo y son muy anchos. Kike se manejaba para comerlos con palillos, pero yo me tuve que pedir un tenedor. En Paris hay bastantes restaurantes de biang-biang, en donde suelen proveerte de un mandilón de plástico para que no te pongas perdido. Abajo hay una serie de fotos de estos eventos. Los restantes días entre semana, me dediqué a callejear por Paris hasta encontrarme con mis hijos para cenar en casa. Otro día quedé a comer con mi joven amigo Carlos, radicado en París, y la última parte de la semana me fui a la casa de Alain para seguir visitando zonas de la ciudad con él. Las fotos de este viaje. Primero las del biang-biang.
De vuelta en Madrid, acudí a un encuentro en el COAM con la alcaldesa de París y tuve también una historia con unos luthiers, a los que llevé mi guitarra eléctrica para que le dieran un repaso completo. Pero con estos dos asuntos voy a confeccionar el siguiente post que les prometo que llegará pronto. Aprovecharé también para contarles el nuevo viaje a La Coruña, que voy a emprender este martes. Porque este post está ya alcanzando su tamaño crítico y no quiero aburrirles. Como ven, en este mes y medio no he parado. Y, como una primera consecuencia recíproca de mi viaje de vuelta al mundo, he recibido la visita de dos de los amigos que me acogieron en las distintas ciudades. A todos les dije que serían bienvenidos a Madrid, pero sólo estos han respondido por ahora a la invitación: mi amigo coreano JJ, con quien me encontré en Vancouver y mis no menos amigos entrañables Gonzalo y Judy, que me acogieron en San Diego y me ayudaron a recuperarme del peor momento del viaje.
El sábado 18 de abril regresé de París y el domingo 19 lo dediqué íntegramente a JJ, que llegaba en tren a Atocha, cerca de la hora de comer. Hace dos años, yo no tenía pareja y podía emprender aventuras solitarias como darme una vuelta al mundo. Sin embargo, JJ tenía una novia canadiense con la que no vivía, pero salía todos los domingos a acampar por las montañas de la Columbia Británica. Y resulta que ahora, nuestras situaciones personales se han intercambiado, porque lo primero que me dijo nada más encontrarnos fue we’ve split up. Acompañó esta frase con un gesto en aspa con ambas manos con las palmas hacia abajo, con lo que tuve muy claro lo que quería decirme. Fuimos directamente a comer algo a La Canibal, en la calle Argumosa, donde tienen cerveza IPA artesanal y luego nos subimos a mi casa, en donde mi amigo se echó una siesta de cerca de cuatro horas, con Tarick Marcelino encima, porque arrastraba un jet-lag de puta madre.
Como les digo, nuestras situaciones personales se han intercambiado y ahora es él el que emprende viajes de solitario. En este caso se vino a visitar a sus amigos de Barcelona y Madrid. Sus amigos de aquí son nuestro común colega César, que fue quien me dio su contacto antes de mi viaje mundial y una chica muy mona que se llama Paula. Los tres vivieron juntos en Vancouver, aunque sólo JJ ha conseguido quedarse allí. César, que estuvo en mi fiesta de cumpleaños, regresaba ese domingo de una de sus citas del activismo mundial: venía de participar en una acampada solidaria internacional cerca de Manresa contra la proyectada implantación de una industria tóxica cuya construcción envenenaría los ríos y campos del entorno. Tras la siesta monumental, JJ y yo fuimos hasta el portal de la casa de César, en donde lo esperamos.
Y poco después lo vimos aparecer por la esquina, como un nuevo Indiana Jones, con su sombrero y sus numerosos pertrechos colgantes, entre ellos la tienda de campaña y el saco de dormir. Subimos a su casa para que JJ dejara allí su bolsa de viaje y luego le dejamos duchándose y nos fuimos al histórico Café Barbieri, en donde nos reunimos con Paula y con César recién duchado. De allí nos fuimos a cenar al Automático de Argumosa, en donde JJ mostró sus deseos de buscar un lugar en donde bailar salsa, algo en lo que al parecer es un experto. Después de una siesta de cuatro horas, estaba como nuevo y, en cuanto a César, es un tipo indestructible. Paula parecía dispuesta a seguirles pero yo ya no tengo edad para estas cosas, así que allí me despedí y caminé a casa. Un domingo magnífico, del que les muestro algunas fotos más.
En cuanto a Gonzalo y Judy, son viajeros incansables y suelen hacer estación al principio del verano en Madrid, donde siempre se hospedan en una pensión barata del Barrio de las Letras. Ya les he traído al blog en múltiples ocasiones. Hace dos años recalaron aquí, pero no pude encontrarme con ellos porque andaba yo por Asia- Australia, pero luego me alojaron en su casa de San Diego. El año pasado no incluyeron Madrid en su periplo habitual, pero este año han recuperado las buenas costumbres y nos hemos podido ver. Como seguramente recuerdan, Gonzalo López es colombiano nacionalizado norteamericano, y su mujer, Judy Cascales, es yanqui de origen murciano. Se conocieron en San Francisco, luego se radicaron con sus hijos en Colombia, pero finalmente regresaron a los USA, donde los jubilados tienen mejores condiciones económicas. Esta vez, les invité un día a comer un potaje en mi casa, momento al que corresponden estas fotos, que tomó Judy con su cámara.
Otro día, Gonzalo y yo quedamos con su amigo madrileño Miguel Rico para irnos de copas. Empezamos con un vermú de grifo en la Maripepa, seguimos en La Vinícola Mentridana, taberna clásica reconvertida, y rematamos en la Taberna de Antonio Sánchez, que presume de ser el bar más antiguo de Madrid. La foto de abajo corresponde al segundo de estos lugares míticos.
Como se pueden imaginar, yo he debido ajustar mis viajes a Cantabria y París para poder encontrarme con mis amigos de allende los mares. Pero toda esta actividad frenética que les cuento, son simples minucias al lado de lo que vino después. Desde que Gonzalo y Judy tomaron su avión de vuelta a San Diego, toda mi atención se concentró en acompañar a mi hermano Antonio y su familia. Es una pérdida irreversible y creo que es de justicia que cerremos este post con una imagen suya de no hace mucho, para que puedan ustedes brindar por su recuerdo. Que tengan un buen domingo.





















