Por diferentes circunstancias personales que no voy a comentar aquí, me he visto obligado a permanecer en Madrid durante este largo verano de mierda, en el que llevamos bajo un calor insoportable desde mediados de mayo hasta estos otros mediados, los de septiembre, en los que al menos refresca algo por las noches. Hace unos pocos años, a mí me gustaba quedarme en Madrid en agosto, por pasar un tiempo tranquilo, sin las aglomeraciones y los agobios del resto del año, pero hace ya un tiempo que el cambio climático ha hecho esta rutina bastante desagradable para alguien que vive en un ático. Dicen algunos que aprovechemos, que estamos disfrutando del mejor verano del resto de nuestras vidas, Pero, frente a estos agoreros, me ha tocado escuchar a algún listillo climático, que dice que lo de este año es especialmente duro por la incidencia de El Niño y que el año que viene, ya sin Niño, el verano será caluroso pero no tanto. Lo que sea lo veremos.
Dentro del tiempo libre que me ha dejado este lapsus de bochorno sofocante, me he acordado de un ilustre vecino de mi barrio, al que solía tropezarme en los bares y las exposiciones, hasta que nos dejó, allá por el año 2015. Estoy hablando del gran Javier Krahe, ese poeta urbano, admirador de Brassens y de Leonard Cohen, que en los ochenta daba recitales delirantes acompañado a veces por Sabina y Alberto Pérez. El disco La Mandrágora, de 1981, es un imprescindible en cualquier colección de vinilos que se precie. Más tarde, fue vetado en TVE por Felipe González, a cuenta de su canción Cuervo ingenuo, con sus inolvidables ripios: Tú decir que si te votan, tú sacarnos de la OTAN. Les voy a pedir que escuchen un tema menos conocido, pero igualmente hilarante: Dónde se habrá metido esta mujer.
Es difícil encontrar en nuestros días un grado de ironía de este calibre. A Krahe me lo encontraba yo tomándose una cerveza en el Parrondo y otros bares del entorno de la calle Santa Isabel, la mayoría desaparecidos y sustituidos por locales de brunch y similares, oferta para el turismo pedorro que, encima, no suelen durar y rápidamente son sustituidos por otros. Pero hoy me he acordado de este divertido y clarividente caballero, porque alguien ha colgado en Facebook una frase profética suya, pronunciada hace más de 40 años, en la que diseccionaba la recién iniciada Transición Democrática, que nos llevó desde el franquismo hasta este escenario en el que nos movemos ahora, a la espera del revolcón definitivo, en cuanto logren echar a Pedro Sánchez. Merece la pena que la lean y piensen sobre ella.
Demoledor. La cosa es que el otro día pasó por Madrid mi amigo Werner, que hace no mucho solía contar conmigo para darles alguna charla a los grupos de arquitectos o promotores extranjeros que traía por aquí de visita. Nos tomamos algo en las Bodegas Rosell y nos pusimos al día. Ya con algunas cervezas al cuerpo, le pregunté qué estaba pasando, que por qué contaba menos conmigo ahora. Me dijo que las visitas han descendido de forma clara, que esta ciudad empieza a no tener nada que contar a los profesionales de otros lugares, que hace un calor del demonio y que, encima, los hoteles se ponen por las nubes cada vez que hay un sarao de los que últimamente organizan el Topillo y la señora Ayuso, por lo que los pocos que lo intentan, lo acaban cancelando. Estos días, con motivo de la Fórmula Uno, los hoteles han subido los precios de forma increíble. Pero es que antes fue la serie de conciertos de Bad Bunny y la visita del Papa. Y ahora viene Shakira.
Muy triste todo esto: se están cargando esta ciudad, convertida en alojamiento para turistas pedorros y escenario de shows para ricachones venezolanos y similares, con entradas a precios prohibitivos para el personal de a pie. Un reflejo del mundo este que nos rodea, liderado por el señor Trump y sus amigos Putin y Netanyahu. Por cierto, eso de venir un artista y dar una serie de conciertos en diez o doce fechas consecutivas, se vende ahora como algo innovador e imaginativo. Como la gente no tiene la mínima cultura y se traga lo que le diga el algoritmo, se lo toman como lo más moderno, ignorantes de que, allá por los años setenta primeros, Elvis Presley firmó un contrato para hacer dos shows diarios en el Hilton de Las Vegas y se fue a vivir allí durante más de siete años, en los que dio más de 640 conciertos.
Lo de la Fórmula Uno, a mí me parece un coñazo, como el golf, pero realmente para lo que sirve es para que la gente haga contactos, cierre negocios y presuma de guay. Porque, el espectáculo en directo es un simple estruendo en el que apenas se ve a los coches, de lo rápido que van. Y en televisión es algo soporífero: tal como salen así se quedan, en ese mismo orden, porque es imposible adelantar. Por ejemplo, el motociclismo es algo mucho más vistoso en Tv, con adelantamientos continuos. Pero en este mundo postcapitalista decadente, parece que es un gran negocio para una serie de ricachones. Y, si la cosa falla, le dejan el pufo a la administración que lo organiza y lo acabamos pagando entre todos, como sucedió en Valencia y en muchos otros lugares: la ciudad de Melbourne estuvo décadas pagando las deudas que le dejó la Olimpiada de 1956.
Pero este tipo de saraos le dan lustre al Topillo y por eso se tramitan en tiempo record. Por el contrario, el nuevo polideportivo de mi barrio, en la calle Fúcar, tiene las obras terminadas desde antes del verano de 2025 y sigue sin abrirse. Según las previsiones más optimistas, es posible que se abra después de Navidad. En una hipótesis más realista, seguramente será después de Semana Santa. ¿Cómo se explica esto? Pues porque se trata de una instalación para los ciudadanos, no para un sarao de esos que gustan de organizar últimamente por estos lares. Para los saraos se dan toda la prisa posible.
Se preguntarán ustedes ¿entonces por qué corren con las obras? Ya se lo he dicho muchas veces: porque en cada obra hay una empresa que factura, paga a sus empleados, se combate el paro etc. El Ayuntamiento se lleva un pico por los permisos, el Estado otro por el IVA. Todo el mundo se beneficia. Y esos son votos. Ya les he dicho también que Carmena perdió, entre otras razones, porque no hizo más obras que la Gran Vía y empezar la Plaza de España. El Topillo tiene bien aprendida esa lección y hace obras como un loco. La ciudad está realmente hecha una pena, de ruidos, polvo, sacos de escombros y calles cortadas. Por ejemplo, la plaza de Jacinto Benavente, al lado de mi escuela de yoga, está toda levantada. Están arreglando también el parking subterráneo y, de forma increíble, usan las rampas de acceso para acumular esos sacos de escombros de los que les hablo. El otro día grabé allí el vídeo que les pongo abajo.
El edificio que ven al final al fondo, enfoscado en un amarillo clarito, es el que alberga los cines Ideal. Esa escombrera lleva allí más de un mes y yo he visto vagabundos meando y cagando entre los sacos, además de gente que tira allí sus basuras. Ese es el estado del centro urbano. Imagino que, para las elecciones locales terminarán todos los tajos y harán una limpieza a fondo. Mientras tanto, a los vecinos que vamos quedando por el centro, nos tienen fritos. Pero vamos sobreviviendo en medio de las perspectivas más negras: el calentamiento global hará seguramente inhabitable España hacia la mitad de este desdichado siglo, si es que la Inteligencia Artificial no nos lleva antes a la extinción.
Imagino que la negrura de mis reflexiones viene inducida por el hecho de llevar cuatro meses en la sartén madrileña, excepto dos mínimas salidas, a Bejar para el festival de blues y a Irlanda en tiempo más reciente. Con esa convicción, me he organizado para encontrar una tercera ventana y ya les adelanto que mañana viajaré a la zona sur de la provincia de Pontevedra, donde he logrado reservar una habitación doble en una casa rural habilitada en una antigua abadía, con vistas a la desembocadura del Miño. Tierras privilegiadas y aptas para desconectar y aliviarse un poco del agobio existencial. La cosa ha surgido inesperadamente y la preparación me ha impedido disponer de más tiempo para escribir para ustedes.
Así que este será finalmente un post demediado que cierro a toda prisa, con la promesa de que a mi vuelta retomaré el ritmo que estaba manteniendo últimamente y les contaré algunas cosas de más calado, que me rondan por la cabeza (y a todos ustedes) en relación con las perspectivas locales, nacionales y mundiales. A lo mejor la negrura colectiva se debe a lo largo que se nos está haciendo el tiempo hasta las elecciones de medio mandato de Trump, en las que esperemos que le den el merecido revolcón y eso le impida seguir haciendo lo que le da la gana en los dos años que le quedan. Me voy a preparar una cenita, que tengo un hambre de la hostia. Así que: aquí les pillo aquí les mato. Sean buenos a pesar de todo.
