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miércoles, 22 de julio de 2026

49. Doce días vertiginosos

Sí señor, doce días de blues y fútbol a todo trapo, que me dispongo a contarles en plan diario. Doce días en los que me he centrado en diversos temas, olvidándome del calorazo que nos agobia, así como del coñazo del caso Zapatero, dos circunstancias que nos tienen agobiados y que hoy martes han renacido como la mala hierba. Me hace gracia que se hable ahora de la tercera ola de calor: pero qué tercera ola ni que niño muerto (expresión esta en desuso pero muy corriente cuando yo era uno de esos niños de la casi posguerra). Repito: qué tercera ola ni que niño muerto, si llevamos mes y medio con un calor insufrible. Prácticamente desde el uno de junio, aquí en Madrid no hay quien pare; yo me paso los días encerrado en mi ático, protegido por el aire acondicionado que he de tener conectado todo el día. No les extrañe, pues, que me apunte a todos los bombardeos bluesísticos y futboleros que pueda. Pero, después de estos doce días de alivio, aquí estamos otra vez, bajo el calor asfixiante y con la radio hablando todo el rato de Zapatero. Vayamos pues con el diario.

Jueves 8 de julio. Después de un miércoles típico, en que madrugué para salir a correr al Retiro a la única hora en que resulta recomendable ese ejercicio y luego caminé hasta Chueca para comer con mi última jefa Silvia y mi querida compañera M. a modo de despedida hasta la vuelta del verano, el jueves me levanté algo más tarde y asistí a mi habitual clase de inglés on line hasta las 10.30. Necesité una hora más para diversas tareas: terminar de hacer mi maleta para una salida de cuatro días, tender los toldos de la terraza, asegurarme de que el riego estaba en orden y que las plantas de interior tenían agua suficiente y dejarle comida y bebida a Tarick Marcelino en tres puntos diferentes de la casa para prevenir la eventualidad de que vuelque alguno de ellos y se quede sin agua. El bueno de Tarick llevaba ya desde el día anterior con un mosqueo regular, como siempre que me ve empezar a ordenar mis cosas para la maleta, ceremonial que le entristece visiblemente.

Provisto de mi maleta pequeña (la que me regalaron mis colegas de trabajo con motivo de la jubilación, hace ya más de cinco años) y también con la guitarra española en su funda, bajé al garaje, arranqué el Toyota y me dirigí a Vallecas a recoger a mis colegas musiqueros, Henry Guitar y Críspulo el batería, que ya me esperaban al fondo de la Avenida de la Albufera. Cogimos carretera y nos dirigimos hacia Béjar, municipio mediano del sur de la provincia de Salamanca, que muchos consideran un pueblo, aunque tiene el título de ciudad desde hace varios siglos. Allí se viene celebrando anualmente uno de los mejores festivales de blues de España al que ya es la tercera vez que asistimos. Este año, el cartel del Festival de Cazorla, en Jaén, era mucho más interesante, con motivo de su treinta aniversario: Walter Trout, Charlie Musselwhite, Mike Zito, Ghalia Volt y otros.

El problema de Cazorla, a donde fuimos Henry y yo en 2022 para ver a Samantha Fish, es que tiene el inconveniente para nosotros de que no conocemos ningún alojamiento cercano a la plaza de toros del pueblo, donde tiene lugar el festival. En el año 22, nos alojamos en un hotel a diez kilómetros, lo que nos suponía hacer ese recorrido de vuelta a las cuatro de la mañana, bien servidos de alcohol, con el riesgo de encontrarnos con un control antidoping, o bien pasarnos toda la velada bebiendo menos para conducir después con garantía. En Béjar, como les he contado otras veces, controlamos una casita a cinco minutos a pie de la plaza de toros y con magníficas vistas a la sierra, lo que hace todo más llevadero. En 2023 la localizamos por primera vez y vivimos un festival genial. No pudimos repetir en 2024, a cuenta de mi viaje de vuelta al mundo y teniendo en cuenta que soy yo el conductor oficial, o gorrilla, del trío.

El año pasado llamamos a la dueña y nos dijo que nos reservaba otra vez la casa, así que repetimos la jugada. Al despedirnos, nos la ofreció también para este año, salvo que la llamáramos para cancelar, y lo mismo este año para el que viene; somos ya como de la familia. En fin, hicimos el recorrido de un tirón, apenas tres horas de carretera y llegamos a tiempo de comer en el restaurante Casa Senén-La Alegría del Castañar, a donde nos fuimos directamente. Es un lugar fresco, con una terraza bajo un emparrado magnífico y donde se come estupendamente, con especial mención al morro de cerdo con tomate, bien cargado de pimentón de la Vera, capaz de recuperar a un muerto. Abajo unas fotos de nuestro almuerzo. Luego fuimos a casa de Cristina, nuestra anfitriona, que nos hizo entrega de la llave. Tomamos posesión y nos obsequiamos con una siesta de reglamento.


Duchados y acicalados, cogimos el coche para ir al centro urbano, donde aparcamos sin problemas. Allí, delante del bar La Alquitara, se celebran los conciertos complementarios del festival, y el jueves había ya un primer concierto de bienvenida a los viajeros. Visitamos primero a nuestra amiga Susi, a la que conocimos en 2023 y que este año trabaja en otro bar cerca de la Alquitara. Susi tiene un hermano que regenta un restaurante español en Londres donde yo fui a comer un día, durante mi última visita a la City. Continuamos la ronda en el bar Eladio, que tiene unos pinchos de buena calidad. Y escuchamos a la banda que tocaba en la calle, formada por dos hermanos gordos y barbudos que interpretaban a Jimmy Hendrix con cierta soltura. Finalizado el concierto y las copas, buscamos el coche y nos retiramos a nuestros aposentos.

Viernes 9 de julio. Iniciamos ese día nuestra rutina habitual de cada año. Alertados por la alarma que habíamos preparado por la noche, nos levantamos a las siete, para ver el encierro de San Fermín, una tradición que no desatendemos nunca, porque Críspulo es taurino y no perdona un encierro. Después nos tomamos un café con unas galletas que nos había dejado Cristina, estuvimos un rato improvisando con las guitarras y luego nos fuimos de excursión. En años anteriores, habíamos visitado Candelario, Hervás y La Alberca. Decididos a no repetir, escogimos esta vez Baños de Montemayor, un pueblo con balneario bastante bonito, con dos iglesias diferentes, correspondientes al momento histórico medieval, cuando la parte norte del pueblo pertenecía a Salamanca y la parte sur a Extremadura. Ahora es un solo municipio extremeño, igual que Hervás, un poco más al sur.

Después de dar una vuelta por los lugares de más interés, nos fuimos a un bar junto al balneario principal, rodeado de abuelos disfrutando del lugar, a mejorar nuestro desayuno, con otro café con leche y lo que en el sur de España se conoce como media tostada, con aceite, tomate, sal y jamón. Compramos rosquillas para acompañar nuestros cafés post-sanfermines. Hicimos una parada en un restaurante del camino de vuelta, que se llama El Solitario y tiene unas magníficas vistas a todo el valle. Allí nos sentamos un buen rato a tomar un refresco y contemplar el paisaje. Y yo me hice la típica foto haciendo el mono, ya pensando en subirla a mi crónica.  

De vuelta en Béjar, puntuales a la una para ver otra actuación frente a la Alquitara, nos tomamos las copas correspondientes en el bar de Susi y en el Eladio, mientras escuchábamos a un grupo encabezado por una cantante, a la que acompañaban un bajo y nuestros conocidos Pablo Sampa a la guitarra y Antonio Pax a la batería, a los que saludamos. A mediodía cogimos el coche a nuestro alojamiento y caminamos hasta Casa Senén, para darnos otra comilona y tener la casa cerca para la siesta reglamentaria. Después, nuestra rutina: guitarreos, duchas y otros entretenimientos, antes de salir, bien maqueados y perfumados, en dirección a la plaza de toros de Béjar, que presume de ser la más vieja de España. En la entrada, nos pusieron la pulsera azul fosforito, que te permite entrar y salir del recinto todas las veces que quieras y accedimos al coso, donde daba un sol poniente amoratado y débil. Allí nos hicimos la foto para la Historia.  


Nos encontramos por allí a mi amigo José Luis, de Jaén, que cada año organiza con su hermano Rafa el festival de blues de Torreperogil, al que nunca hemos ido porque es el 15 de agosto, una fecha muy mala. Hablamos un rato y comprobamos que todos veníamos al festival para ver a Jackie Venson, de la que luego les hablo y que tocaba por primera vez en España. Nos fuimos a la primera fila y asistimos al primero de los conciertos, un negro de Texas cuyo nombre no recuerdo y que era bastante bueno para abrir boca. A las diez empezaba el segundo artista y se nos planteó un dilema. Teníamos que cenar algo, no nos íbamos a acostar en ayunas. Y además, si salíamos en ese momento, podíamos ver el segundo tiempo del España-Bélgica. Así que nos acercamos al Senén, el único lugar decente del entorno y allí nos picamos algunas cosas con unas cervezas, mientras veíamos el partido, de medio lado en una pantalla grande que habían instalado.

Les confieso que, de este Mundial recientemente terminado, he visto únicamente los partidos de España, excepto el de Uruguay, que era a las dos de la mañana. Con Bélgica acabamos ganando y, nada más terminar, volvimos al festival a ver el final de la actuación del veterano Elliot Murphy. Es este un cantautor de setentaytantos años, a quien yo vi de joven en la desaparecida sala MM y me pareció un triste. Después, he leído que se instaló en París, porque un cantante protesta no tiene mucho que hacer en los USA y menos ahora. Eso explica el hecho de que venga por aquí casi todos los años. Escuchamos su última canción y dos propinas, bastante brillantes, porque le acompañaba un grupo potente, con una violinista virtuosa que le daba mucho cuerpo al asunto. Terminado el anciano Murphy, volvimos a coger sitio adelante para ver a la estrella de la noche, de quien no sabíamos nada.

El tipo atiende por Eric Sardinas y es un hortera refinado, que toca a un volumen ensordecedor, acompañado solamente por un bajo con aires de zombie y un batería explosivo, ambos negros. Su música es una especie de barullo descomunal tocada de forma vertiginosa, en la que no se advierte si falla una nota, y además da igual. A mí no me gustó nada, pero, para mi estupefacción, había parejitas de rockeros que se sabían las letras y se las coreaban entre ellos con arrobo de enamorados. Que haya gente que se sabe sus letras supone que este sujeto graba discos con ese ruido demoníaco y que hay gente que los compra y se los pone en su casa hasta que se los aprende. Todo ello muy sorprendente. Nos dejó tan agotados, que nos subimos a las gradas para ver al último grupo de la noche.

Eran estos un trío clásico de rockabilly: guitarra y voz, contrabajo y batería, que estaba formado por tres músicos belgas veteranos, muy buenos y muy animosos y simpáticos. Un bálsamo, después del coñazo del Sardinas. Mostraron su pena por haber perdido con España, y nos desearon suerte en el resto del campeonato. Su música era bastante refrescante y nos quedamos hasta el final de su actuación. Luego desfilamos con toda la concurrencia y nos fuimos a casa, a donde llegamos a las tres de la madrugada y volvimos a poner el despertador a las siete. Globalmente, el primer día de festival no fue demasiado brillante. Nada que ver con el cartel de Cazorla de este año. Pero recuerden que nosotros veníamos a ver a Jackie Venson.

Sábado 11 de julio. Después de haber dormido tan poco, no teníamos el cuerpo para otra excursión mañanera, así que, tras el encierro de turno, entretuvimos parte de la mañana con las guitarras y nos obsequiamos con un merecido desayuno con media tostada en el hotel Los Duques, que está por allí al alcance. Bajamos luego al centro de Béjar y estuvimos viendo el mercadillo de los sábados, donde rebuscamos en busca de regalos para nuestros respectivos compromisos. A la hora del vermú, repetimos de lugares, volvimos a escuchar a Sampa, Pax y los demás, nos despedimos de Susi y enfilamos para el Senén y la siesta correspondiente. Por la tarde teníamos la gran cita por la que habíamos venido a Béjar. La gran Jackie Venson. Vean en primer lugar una foto actual de la chica.

Jackie es de Austin, Texas, y tiene como treintaytantos. Conscientes de su potencial talento musical, sus padres la mandaron a la prestigiosa Berkeley Music School, de Boston, al otro lado de los USA, para que estudiara piano y composición. Se graduó tres años después, en 2018, pero ya ese último año descubrió la guitarra eléctrica y decidió que era mucho más divertida que el piano. Empezó entonces a componer, cantar y desarrollar su arte, que no se parece al de nadie. Su música es original, alegre, poderosa y se nota mucho su formación clásica. Además, esta chica pasa ampliamente de las grandes discográficas multinacionales. Con su hermana Christina ha montado una pequeña productora propia, en la que va a su bola. En su primera visita a España, ha tocado en sitios tan raros como Bergara, Palencia y Zaragoza.

Así que el viernes repetimos nuestra deriva del día anterior: vimos la primera actuación, de una inglesa de origen jamaicano que hacía un soul bastante estándar, y salimos a cenar al Senén, aunque ese día no había partido. De vuelta, pillamos un tramo largo de la segunda performance. Sus responsables eran el gran guitarrista Vasti Jackson, a quien vimos el año anterior, como parte del súper grupo The Kings of the Blues, esta vez acompañado por la veterana cantante de soul Toni Green. Sonaban bien y les grabé un pequeño clip que les reproduzco abajo, con la calidad de sonido que se obtiene normalmente con un móvil en medio del barullo de la gente, pero que les dará una idea del tipo de cosas que se pueden ver en esta clase de festivales.

Al acabar estos dos grandes y veteranos músicos, la gran mayoría de los asistentes se fueron a pillar cervezas y lo que pudieran. Y nosotros tres aprovechamos para situarnos en la primera fila, agarrados a las vallas, para escuchar a nuestra admirada Jackie. Miramos alrededor y al lado estaban nuestros colegas de Torreperogil. La expectación era máxima. Christina, la hermana de Jackie estaba en el escenario dirigiendo todo el asunto técnico, pruebas de sonido, conexiones, etc. Es idéntica a Jackie, no sé si son gemelas, hasta el punto que llevaba una camiseta con un gran letrero que rezaba: no soy Jackie. Esta artista toca a menudo con un teclista, un bajo y una batería. Pero en su venida a España, sólo la acompañaba el batería; toda la parte de bajo y teclados la trae pregrabada y la desarrolla ella con sus aparatos, lo que comporta una coordinación bastante difícil.

Salió Jackie a escena, con el batería, que está completamente ciego; de hecho, Christina lo guió hasta su asiento, en donde tanteó entre los platillos para orientarse. Y empezó el show. Ciertamente asistimos a una actuación portentosa, que hizo que nos mereciera la pena este viaje. Jackie desarrolla una música original, única, que bebe del blues, de Jimmy Hendrix, de Laurie Anderson y de muchos otros. A veces, intercalaba algún mínimo silencio y no se escuchaba ni una mosca, con el barullo que suele haber en estos festivales a esas horas de la noche y con la gente bien puesta de alcohol y lo demás. El público estaba estupefacto ante tanta belleza. Le pregunté a Henry qué le parecía y me dijo que se estaba reprimiendo para no llorar. Algo así sentíamos todos. José Luis, el hombre de Torreperogil estaba lívido, escuchando con la máxima atención. Le grabé varios clips, pero ustedes no se merecen escuchar a Jackie Venson con esa calidad ínfima, así que les voy a pedir que vean un video de Youtube de hace tres años. Es un blues clásico, no es el corte más original de esta mujer, pero da una idea de su arte, de su virtuosismo, de su alegría, de su personalidad arrolladora. Pantalla grande, por favor.

En el escenario emplazó a los que quisieran a reunirse con ella después, para comprar sus discos, camisetas y demás merchandising, además de charlar un rato y hacerse fotos con ella. La actuación fue apoteósica y, sin decir nada, nos fuimos a buscar unas cervezas en los puestos de venta dentro de la plaza de toros. La necesitábamos, porque estábamos alucinados. Mientras, se organizó una larga cola para las fotos y la firma de discos. Comentando lo que acabábamos de ver, los tres decidimos que ya no queríamos quedarnos a ver al cuarto artista, que cerraba el festival. Después de lo que acabábamos de ver, ninguna otra música nos podía interesar. Nos sentamos por allí, mientras preparaban el escenario. La cola con Jackie se iba reduciendo, así que nos pusimos al final.

El cuarto artista había empezado ya su actuación, cuando abordé a Jackie (soy el único que habla un poco de inglés) y le dije que nosotros éramos un trío muy veterano de músicos, que no le habíamos comprado nada, pero que nos había encantado su forma de cantar y queríamos una foto con ella. Se rió mucho, dijo que por supuesto y nos dio unos abrazos tan pasionales como su música. A instancia de Críspulo le aclaré que él era nuestro batería y que apenas ve nada tampoco. Eso le valió a mi colega un abrazo adicional aun más sentido. A propósito, habíamos oído por ahí que Jackie vendría a Madrid para presentar el Festival de Blues de Moratalaz, pero no sabíamos si era un bulo. Nos confirmó que era cierto, quedamos en vernos de nuevo en Moratalaz y nos hicimos la foto deseada. Abajo la tienen. Después caminamos hasta nuestro cubil, bajo una hermosa noche estrellada extremeña, sumidos en una sensación muy cercana a la felicidad suprema.   

Domingo 12 de julio. Después del portento al que habíamos asistido la noche anterior, el domingo no tuvo mucho que contar. Vimos el encierro, tomamos nuestro café con rosquillas, hicimos las maletas, las llevamos al coche y pasamos a despedirnos de nuestra anfitriona Cristina (y a pagarle el alojamiento). Nos aseguró que para el año que viene tenemos la casa reservada. Cruzamos al hotel Los Duques, donde desayunamos con José Luis y su hermano, que cada año se alojan allí. Y cogimos la carretera. Hasta el bar gallego El Dolmen, en Vallecas Villa, junto a la casa de Críspulo, donde nos tomamos unos dobles que nos entraron fenomenal. Dejé luego a Henry en su puerta y me fui a casa. Tarick Marcelino, que en ocasiones similares suele empezar a maullar en cuanto escucha el ascensor, esta vez me castigó con un silencio sepulcral. Pero le duró poco: enseguida se puso tan cariñoso y remolón como de costumbre y descansamos juntos toda la tarde.

Lunes 13 de junio. Día de transición sin grandes novedades. Inmersión en el calor extremo y recopilación de recuerdos tras unos días tan intensos. Los lunes suelo ir a yoga por la tarde y comer luego en el restaurante Viet Nam, donde soy ya un cliente habitual. Ese día, la chica que suele atenderme decidió invitarme a la cerveza. Revisé la cuenta y le dije que no tenía por qué. Entonces me dijo que yo le recordaba a su abuelo y ella nunca le cobraría una cerveza a su abuelo. Esto que les cuento es un paso más en mi decadencia como smooth operator, o ligón respetuoso. Hace años que muchas chicas de las que me gustan empezaron a decirme que les recordaba a sus padres respectivos; ya saben lo que decía Campoamor: las hijas de las mujeres que amé tanto, me besan ya como se besa a un santo. Pero ninguna me había dicho que le recordara a su abuelo. La vida.

Martes 14 de julio. Ese día recuperé mi clase de inglés, hice varias compras y me preparé para ver el partido España-Francia en casa de mi chica, a la que no le gusta el fútbol, pero esto era algo que trascendía al mero fútbol: eran las semifinales del Mundial, el día de la Fiesta Nacional en Francia, el adversario presumía de ser el favorito y todo el país estaba pendiente de este partido, con el inmenso alivio para mí de que no se hablara de Zapatero y otras desgracias. El partido fue fabuloso, como supongo saben o vieron; España dominó de principio a fin y remató con un gol espectacular de Pedro Porro, a quien llama la gente Pedro Canuto, Porrito de Don Benito y otros motes hilarantes, pero es un futbolista superlativo.

Miércoles 15 de julio. Salí a correr a las siete de la mañana y aun así hacía bastante calor, por lo que terminé bastante agotado. Normalmente, habría visto el otro partido de semifinales, Argentina-Inglaterra, que hubiera sido el primero que viese sin que jugara España. Pero yo tenía ese día otro compromiso. A las nueve de la noche tocaba en la Sala Villanos, a diez minutos de mi casa, mi querida amiga Ghalia Volt, la chiquita belga que vive en Nueva Orleans y a la que hace unos años guardé las guitarras en mi casa. En 2023 viajé a Baeza sólo para verla actuar en el Teatro-Café Central y el año pasado la vimos en la sala Rockville. Mis amigos no me acompañaron esta vez, pero yo tenía que ir y caminé solo hasta el lugar, en medio del calor sofocante. Había muy poca gente en la sala, tal vez estaba todo el mundo viendo el fútbol. Me situé en la primera línea, como me gusta, y nos saludamos con un gesto y una sonrisa nada más salir a escena.

Ghalia hace un blues muy típico del Mississippi y toca con una energía grande, si bien como es lógico, prefiere que haya más gente para recibir el feedback y venirse arriba. Estuvo bastante bien, tocó varios de sus clásicos y, en un momento dado, proclamó que ella venía a Madrid porque quería y que le daba igual que hubiera lleno o media entrada, porque ella iba a seguir viniendo por aquí siempre. En otro momento empezó a gritar: ¡¡Emilio!! ¡¡Emilio!! Pensé que se dirigía a otro y me señalé el pecho incrédulo. Sí, Emilio, no conozco a ningún otro Emilio. No esperaba que se acordara de mi nombre. Luego preguntó: ¿Cuándo vas a venir a América de una vez? Le aclaré también a voces que ya había hecho el viaje del que le hablé, hacía dos años y se quedó de piedra. Al final del concierto le compré un vinilo de su último disco; me lo firmó (para mi Emilio), me regaló un vaso de chupito y nos hicimos las consabidas fotos que les muestro. 




En la última pueden ver que no les miento respecto a su dedicatoria. Me dijo que le había gustado mucho verme, como siempre y que volvería por Madrid el año que viene. Un encanto de mujer. Y ahora la pregunta del millón: ¿me verá ella también como a su abuelo? Ahí lo dejo. El caso es que volví caminando tranquilamente a mi casa. Al salir de la Sala Villanos miré mi móvil: Inglaterra ganaba 1-0 casi al final del partido, de lo que me alegré porque pensé que sería un rival más fácil para nosotros en la final. Pero, llegando al frente del Reina Sofía, sonó un alarido que venía de muchas ventanas y locales: había empatado Argentina. Me acerqué a un bar de la plaza en el que tenían una pantalla exterior. Y entonces se duplicó el alarido. Argentina había ganado y sería nuestro rival en la Final. El partido del siglo.

Jueves 15 de julio. Otro día para la locura. Por la mañana tuve inglés de nuevo, pero por la tarde no tenía derecho a descansar, en medio de la expectación generalizada por el partido del siglo. La presencia de Jackie Venson en Moratalaz era de verdad. A las siete estábamos convocados en el Centro Cultural El Torito, donde he dado yo unas cuantas charlas organizadas por la Junta de Distrito. El festival de Blues de Moratalaz se suele celebrar en septiembre, con acceso gratis en un parque del distrito y tal vez recuerden que yo he asistido varias veces y se ha reseñado en el blog. Pero el año pasado no se celebró. Este año han decidido recuperarlo y han tirado la casa por la ventana organizando un concierto de Jackie Venson para el acto de presentación.

El concierto era gratuito, pero había que sacar entradas en el lugar, no más de dos por persona, que se pondrían a la venta dos días antes. Mis amigos se encargaron de ponerse en la cola y allí nos vimos para presenciar otro concierto fabuloso, aunque esta vez ya sin el factor sorpresa. La sala tiene una cabida de 200 personas y estaba a reventar. Y allí aparecieron Christina conectando todo el equipo y acompañando a Rodney, el batería ciego. Y la gran Jackie con su guitarra y sus teclados. Al final, de nuevo nos reunimos con ella y abajo tienen el testimonio de nuestro nuevo encuentro. 




Todas estas fotos las tomé yo para inmortalizar el momento, pero después quise salir también para que nadie pensara que no estaba. Y abajo tienen el resultado.


Viernes 17 de julio. Después de haber dormido lo justo, madrugue de nuevo este día por un motivo discordante con lo que vengo contando en este post. A las nueve en punto debía estar en un aula de la Facultad de Ciencias de la Información, para dar una clase de dos horas a los titulados de diversas carreras que han venido de toda Latinoamérica a cursar el Máster de Urbanismo y Gestión Urbana de la Complutense. Ya he dado esta clase otros años y me alegra que me sigan llamando. Este año incorporé a mi discurso un tramo sobre Madrid Nuevo Norte, antes Operación Chamartín, y otro final sobre el nuevo Plan Estratégico Municipal que prepara el Topillo, en coordinación con la Ley LIDER que está elaborando la señora Ayuso. Este es un tema que dejaré para desarrollar en otro post, que este ya está siendo muy largo.

Sábado 18 de julio. Tampoco pude descansar demasiado ese día, porque eran las fiestas del Distrito de Puente de Vallecas y mis dos colegas quisieron estar en la celebración y asistir al concierto de Santiago Auserón. No hay mucho que contar aquí, apenas vimos el concierto, pero logramos encontrar una mesa libre en la terraza de The Godfather, donde he visto yo varios conciertos locales de rock. En medio de la masa que atestaba las calles, fue todo un triunfo encontrarla y disponer de un lugar en donde comentar tranquilamente los acontecimientos vividos en los días anteriores.

Domingo 19 de julio. Y llegamos al gran día, el del mejor partido de futbol de todos los tiempos. Fui a yoga por la mañana, acudí a una comida familiar a mediodía y ya me quedé para ver el gran espectáculo. España volvió a jugar fenomenal, pero le costó doblegar a una Argentina correosa que, consciente de ser inferior, lo fió todo a llegar a la tanda de penaltis, en donde llevaban ventaja por tener un portero especialista en pararlos. Por diez minutos no lo lograron y pudimos dar rienda a toda la tensión acumulada (recuerden que el Mundial empezó el 11 de junio). Esta forma de jugar ante equipos superiores practicando el antifútbol, es la especialidad del señor Mourinho, de quiene espero que se estrelle este año en el Madrís. Volví a casa en un taxi, por no haber ya a esas horas servicio de autobuses. El taxista atravesó con dificultad la masa de automovilistas haciendo sonar sus cláxones con las banderas al viento.

Lunes 20 de julio. Ultimo día de esta docena de fechas de locura. Al ser lunes, volví a hacer una sesión vespertina de yoga, de la que salí sudando a chorro. En el restaurante vietnamita me volvieron a invitar a la cerveza con la que acompañé unas gyozas y un pho, que me recuperaron las energías. Y, al salir, me atrapó una especie de onda gravitatoria que me llevó en sentido contrario a mi casa. Una masa de gentes de todas las edades caminaba decidida, enfundados en sus camisetas de la selección española, en dirección a Cibeles. Pensando que el bus de la selección llegaría por Gran Vía como en otras ocasiones similares, me dirigí allí, pero en la Gran Vía sólo había otro río de gente vestida de rojo. Consulté el móvil y me enteré de que el bus llegaría por Serrano. Así que bajé hasta Libertad, luego tomé Barquillo y Prim, a duras penas logré cruzar la abarrotada Castellana y llegué a la Puerta de Alcalá, a coger un buen punto de observación.

Llegaron primero una batería de furgones de la policía. Y enseguida el bus, con Rodri subido en el frontal, y Cucurella y Borja Iglesias y todos los demás. Me sumé al alarido general mientras el bus pasaba despacio por la plaza. Detrás del bus, un batallón de policías a caballo resguardando un espacio libre de seguridad. Y luego la masa avanzando decidida, como si no hubiera un mañana. Intenté cruzar la riada, pero apenas podía moverme. Con algunos compañeros hicimos cuña y empezamos a avanzar muy despacio. Una chica se desmayó por el calor y la gente la llevó en volandas a un lateral en busca de una silla de terraza. A cámara lenta, logramos llegar a la acera este de Serrano. Allí la cosa se aliviaba y pude seguir hasta meterme en un abarrotado Retiro, en donde busqué los caminos que la gente no conoce. Llegué a casa bastante cansado, pero también feliz. Según la prensa, dos millones de gentes se lanzaron a la calle, de los poco más de siete que tiene el Área Metropolitana de la ciudad. Y yo formé parte de semejante locura.

Hoy es ya martes, la locura se ha terminado y hemos vuelto al calor asfixiante y al tema Zapatero, qué hartura. La nueva normalidad. Sinceramente, no me hubiera importado seguir unos días más con el blues y el fútbol. Como no se puede ni salir a la calle por el calor, pues he decidido aprovechar el encierro para escribir para ustedes. Lo único es que estoy terminando después de las doce de la noche. Así que ya lo dejo para publicar mañana. Con el calor no sé si podré salir a correr. Mañana se lo cuento.  

                                                             *   *   *

P.D. Ya es miércoles, finalmente he salido a correr a las siete y aun así he pasado bastante calor. Luego he desayunado, he repasado este texto y estoy listo para publicarlo. El bochorno es hoy especialmente agobiante y la radio la he tenido que apagar, que no quiero saber nada más de Zapatero, hombre. Ahora hay dos versiones, la del amigo traidor y los corruptores que han optado por la llamada via Aldama, a ver si se libran del trullo, y la del propio Zapatero. Si quieren que les diga la verdad, yo me inclino más por creer la primera. ¿Quieren saber por qué? Pues precisamente por los nombres dados a las empresas pantalla: Análisis Relevante e Inteligencia Prospectiva. Estos nombres recuerdan a la Alianza de Civilizaciones, lo de que bajar los impuestos es de izquierdas y otras lindezas. No es difícil llegar a la presunción de que todo viene de la misma pluma. Y encima con un juez dilucidadando quién miente y quién dice la verdad. Qué Dios le ampare a este señor. Sánchez deberá dejarlo caer en algún momento si quiere llegar al final de la legislatura. Asi que: que ustedes lo pasen bien- Y no se quejen del calor, que no hay mal que cien años dure.

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